La obra de Dios es hermosa, ¿no?
lunes, 3 de marzo de 2008
domingo, 24 de febrero de 2008
Pipina descansando
jueves, 3 de enero de 2008
La ciudad bajo mis ojos
¿Por qué es tan trágica la visión de un cadáver animal sobre la vereda? ¿Por qué causa tanta impresión, y resulta tan grotesco, tan desagradable? Estaba con mi novio y caminábamos de la mano hacia la casa de su madre, cuando vi esos pequeños restos. Algo le había pasado a ese cuerpecito; algo, más allá de la muerte. Qué, no lo sé, pero era evidente que estaba carcomido, roído, y sus entrañas estaban a la vista. No sé qué animal era, la vida de ciudad me ha quitado ese conocimiento. Apenas sé sus nombres, pero no puedo unir el nombre con la cosa/el ente en sí. ¿Rata, ratón? Diría yo que era un ratón, pero a fuer de adivinar.
Qué vida tan rara, la del hombre de la ciudad industrial, de los conurbanos. Somos como fieras en jaulas de techos de acrílico, que dejan pasar el sol, pero nos agobian de todas formas. La ciudad nos roba cualquier contacto con la naturaleza, hasta que ésta, en una especie de rebelión a gritos y condenada al fracaso por lo efímera, nos lanza algún signo de advertencia, algún recordatorio de que estamos vivos y de que también tenemos instinto.
¿Sirven esos recordatorios? ¿A mí, me sirvió el cadáver para algo? No... la vida maniática sigue siendo la misma, yo sigo respirando y apresurándome para encerrarme en un cuarto distinto a aquél en el que duermo. Sigo comprando comida envuelta en plástico. Sigo escuchando bocinas y pisando el asfalto. Sigo alienándome y alejándome de mi humanidad cada vez más.
Relojes, horarios, cumplir. Sueldo, inflación, estrés. Encierro, trabajo, eternidad. No se refería Dios a esto cuando hablaba del sudor de mi frente. Si viviésemos una vida natural, y no esta construcción mecánica, falsa e hipócrita del capitalismo salvaje, descansaríamos cuando hubiese tormentas y se hiciera de noche en pleno día. Descansaríamos cuando oscurece, y en invierno trabajaríamos menos horas. Pero no. Porque no somos libres de elegir cómo vivir. Y por eso nos tenemos que doblegar. Bajamos la cabeza y dejamos que nos maneje la vida aquél que por alguna razón sin sentido tiene más dinero que nosotros (heredar dinero y por ende, poder, de un progenitor no es una razón que tenga sentido. En realidad, no hay ninguna razón que tenga sentido para que alguien tenga poder sobre las vidas de otras personas, a menos que lo use para el bien de ellas).
¿Por qué no rebelarnos, como la naturaleza? Porque si me rebelara, no cambiaría nada. Dos cosas podrían suceder: una, obligar a ése que tiene poder sobre mi vida a que deje de tenerlo por medio de la fuerza y generar una revolución de sangre y retribución y entonces yo sería el nuevo tirano; dos, si no usara la fuerza e intentara persuadirlo, él se negaría porque es un hecho que casi ningún ser humano que tiene dinero va a querer desprenderse siquiera de un poquito de él.
Qué vida tan rara, la del hombre de la ciudad industrial, de los conurbanos. Somos como fieras en jaulas de techos de acrílico, que dejan pasar el sol, pero nos agobian de todas formas. La ciudad nos roba cualquier contacto con la naturaleza, hasta que ésta, en una especie de rebelión a gritos y condenada al fracaso por lo efímera, nos lanza algún signo de advertencia, algún recordatorio de que estamos vivos y de que también tenemos instinto.
¿Sirven esos recordatorios? ¿A mí, me sirvió el cadáver para algo? No... la vida maniática sigue siendo la misma, yo sigo respirando y apresurándome para encerrarme en un cuarto distinto a aquél en el que duermo. Sigo comprando comida envuelta en plástico. Sigo escuchando bocinas y pisando el asfalto. Sigo alienándome y alejándome de mi humanidad cada vez más.
Relojes, horarios, cumplir. Sueldo, inflación, estrés. Encierro, trabajo, eternidad. No se refería Dios a esto cuando hablaba del sudor de mi frente. Si viviésemos una vida natural, y no esta construcción mecánica, falsa e hipócrita del capitalismo salvaje, descansaríamos cuando hubiese tormentas y se hiciera de noche en pleno día. Descansaríamos cuando oscurece, y en invierno trabajaríamos menos horas. Pero no. Porque no somos libres de elegir cómo vivir. Y por eso nos tenemos que doblegar. Bajamos la cabeza y dejamos que nos maneje la vida aquél que por alguna razón sin sentido tiene más dinero que nosotros (heredar dinero y por ende, poder, de un progenitor no es una razón que tenga sentido. En realidad, no hay ninguna razón que tenga sentido para que alguien tenga poder sobre las vidas de otras personas, a menos que lo use para el bien de ellas).
¿Por qué no rebelarnos, como la naturaleza? Porque si me rebelara, no cambiaría nada. Dos cosas podrían suceder: una, obligar a ése que tiene poder sobre mi vida a que deje de tenerlo por medio de la fuerza y generar una revolución de sangre y retribución y entonces yo sería el nuevo tirano; dos, si no usara la fuerza e intentara persuadirlo, él se negaría porque es un hecho que casi ningún ser humano que tiene dinero va a querer desprenderse siquiera de un poquito de él.
domingo, 25 de noviembre de 2007
Discriminación
Estoy terriblemente caliente con esos reverendos hijos de puta capitalistas que lo único que hacen es pensar en su ganancia personal. Pero más caliente estoy con esos pusilánimes Judas que como reciben un sueldo bastante alto de esos capitalistas soretes, venderían a su madre sólo para poder seguir cobrando el mismo sueldo.
A mi novio lo echaron del laburo porque pretendió hacer una reunión con los demás agentes de su proyecto. ¿Dónde laburaba? En un call center. ¿En cuál? ¿Importa? Son todos iguales. Su project manager, para seguir cobrando lo que cobra, mes a mes, lo echó. ¿Por qué hizo eso? Milton sólo buscaba que en el piso haya una mejoría de vida para todos los agentes. Pero Esteban, project manager, no quería que lo echen a él por haber permitido que sus agentes pidan cosas tan "nocivas" para la economía de la empresa como descansar tres minutos entre llamada y llamada.
Judas. No lo podía mirar a los ojos mientras le mentía los motivos por los que lo echó.
Esto pasa ahora, y pasó antes: al obrero, al que no es dueño de nada, lo pisotean. Al que tiene espíritu, y es un luchador, lo echan. Porque es más fácil pagar y deshacerte de ese problema, gracias a la ley de mierda que tenemos ahora, en donde mínimo te pagan dos doceavos de tu sueldo más alto por despedirte sin causa, y donde en los tres primeros meses, si te echan, te pagan dos semanas de indemnización, nada más.
La ley se supone que tendría que servir para defender a los débiles de los abusos de los fuertes. La ley tendría que ser el instrumento de la justicia. No puede haber paz sin justicia.
Yo miro a los que trabajamos. Nueve, diez, once, doce o trece horas fuera de casa. Eso no es vida. ¿Hasta dónde pueden estrujar? 90 días de licencia de maternidad pagas. Nada más que 90 días.
Tenés un hijo. Tiene dos meses, y lo tenés que dejar. Porque además, te obligan a tomarte la licencia 30 días antes de la fecha estimada de parto. O por estrés, te hacen cesárea porque te subió la presión y es peligroso para el nene.
Un bebé de dos meses. Y después, a retirarte una hora antes para darle de mamar. ¡Apenas una hora antes! Y todo el mundo sabe que es una atrocidad, ¿pero quién va a hacer algo al respecto?
¿Dónde está la justicia en eso? La sociedad entera tiene que reclamar que eso cambie. Vos, tenés que reclamar el cambio. Y que el hombre tenga licencia por paternidad, para que así no la discriminen a la mujer por tener hijos.
A mi novio lo echaron del laburo porque pretendió hacer una reunión con los demás agentes de su proyecto. ¿Dónde laburaba? En un call center. ¿En cuál? ¿Importa? Son todos iguales. Su project manager, para seguir cobrando lo que cobra, mes a mes, lo echó. ¿Por qué hizo eso? Milton sólo buscaba que en el piso haya una mejoría de vida para todos los agentes. Pero Esteban, project manager, no quería que lo echen a él por haber permitido que sus agentes pidan cosas tan "nocivas" para la economía de la empresa como descansar tres minutos entre llamada y llamada.
Judas. No lo podía mirar a los ojos mientras le mentía los motivos por los que lo echó.
Esto pasa ahora, y pasó antes: al obrero, al que no es dueño de nada, lo pisotean. Al que tiene espíritu, y es un luchador, lo echan. Porque es más fácil pagar y deshacerte de ese problema, gracias a la ley de mierda que tenemos ahora, en donde mínimo te pagan dos doceavos de tu sueldo más alto por despedirte sin causa, y donde en los tres primeros meses, si te echan, te pagan dos semanas de indemnización, nada más.
La ley se supone que tendría que servir para defender a los débiles de los abusos de los fuertes. La ley tendría que ser el instrumento de la justicia. No puede haber paz sin justicia.
Yo miro a los que trabajamos. Nueve, diez, once, doce o trece horas fuera de casa. Eso no es vida. ¿Hasta dónde pueden estrujar? 90 días de licencia de maternidad pagas. Nada más que 90 días.
Tenés un hijo. Tiene dos meses, y lo tenés que dejar. Porque además, te obligan a tomarte la licencia 30 días antes de la fecha estimada de parto. O por estrés, te hacen cesárea porque te subió la presión y es peligroso para el nene.
Un bebé de dos meses. Y después, a retirarte una hora antes para darle de mamar. ¡Apenas una hora antes! Y todo el mundo sabe que es una atrocidad, ¿pero quién va a hacer algo al respecto?
¿Dónde está la justicia en eso? La sociedad entera tiene que reclamar que eso cambie. Vos, tenés que reclamar el cambio. Y que el hombre tenga licencia por paternidad, para que así no la discriminen a la mujer por tener hijos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)