martes, 4 de septiembre de 2012

Este oficio no querido del maldormir

Cuando estoy muy cansada, y se me cierran solos los ojos, me dirijo hacia la máquina de café y me aferro a ella como si fuera una tabla de salvación. Y me tomo el café recalcitrantemente negro que, encima, siempre sale tan caliente de esas máquinas... mucho más que el café de una cafetera común y corriente... y siento como cae en el estómago ese café, pesado como un ladrillo candente que quita el aliento.
Pero lo más tristemente irónico es que no soluciona ese café la modorra acumulada. ¿Acaso hace desaparecer el cansancio de dos días seguidos de maldormir a causa de una laringitis de bebé de casi 7 meses? ¿Despabila ese café el entendimiento ocluso a causa del sueño? ¿Logra ese café que la imagen propia en el espejo no nos parezca ajena? Porque, ¿quién es esa pobre mujer ojerosa, con líneas finísimas en vez de almendras en los ojos, palidez sepulcral y 10 kilos de sobra a causa de antojos de embarazo que no frenó? No quiero ser yo. Pero soy ésa. Y esa pobrecita es una ruina de mi peor yo.
Yo tendría que recibir unos sopapos en este momento, como para liberar algo de adrenalina y así despertarme. Pero no lo considero conveniente en el ámbito laboral esto de bregar por que me den unas cachetadas... a ver si se malinterpreta.

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